Notas un dolor en la pantorrilla cuando llevas un rato caminando y se quita en cuanto te paras. Vuelve siempre más o menos a la misma distancia. Ese patrón tan característico tiene nombre: claudicación intermitente, y suele ser la primera señal de que las arterias de tus piernas no llevan toda la sangre que necesitan.
Qué es la claudicación intermitente
La claudicación intermitente es un dolor muscular en las piernas que aparece al caminar y desaparece con el reposo. Afecta sobre todo a la pantorrilla, aunque también puede notarse en el muslo o el glúteo. Es el síntoma más típico de la enfermedad arterial periférica.
Se dice que es «intermitente» porque el dolor va y viene: llega con el esfuerzo y se calma con el descanso. Por eso muchas personas se paran disimuladamente ante un escaparate para que se les pase, un gesto tan frecuente que el cuadro se conoce popularmente como síndrome del escaparate.
Por qué se produce
Cuando caminas, los músculos de la pierna necesitan más sangre y más oxígeno. Si una arteria está estrechada, no puede aumentar el caudal lo suficiente. El músculo trabaja con poco oxígeno y avisa con dolor. Al pararte, la demanda baja, llega sangre suficiente y el dolor cede.
Ese estrechamiento se debe casi siempre a la aterosclerosis: la acumulación de placas de colesterol, grasa y calcio en la pared de la arteria. Es la misma enfermedad que afecta a las arterias del corazón. Por eso tener claudicación también es un aviso para vigilar la salud cardiovascular global.
Los factores que más la favorecen son el tabaquismo, la diabetes, la hipertensión y el colesterol alto. El tabaco es, con diferencia, el más determinante.
La claudicación no es solo un problema de piernas: es la señal visible de que las arterias están enfermas probablemente de manera sistémica. Tratarla a tiempo mejora la movilidad y, sobre todo, protege el corazón y el cerebro.
El «síndrome del escaparate» y sus grados
La enfermedad arterial periférica se clasifica por etapas según la intensidad de los síntomas. La más usada es la clasificación de Fontaine, que ayuda a entender en qué punto está cada persona.
| Grado | Qué se siente | Qué significa |
|---|---|---|
| I | Sin síntomas | Hay estrechamiento, pero el riego aún es suficiente. |
| II | Claudicación intermitente | Dolor al caminar que cede al parar. La pierna recibe sangre suficiente en reposo, pero no durante el esfuerzo. |
| III | Dolor en reposo | Dolor incluso sentado o tumbado, a menudo de noche. El riego es insuficiente todo el tiempo. |
| IV | Heridas o gangrena | Aparecen úlceras que no cicatrizan o tejido necrosado. Es la fase más avanzada. |
La claudicación intermitente se sitúa en el grado II. Es la fase en la que más se puede hacer para frenar la enfermedad, por eso conviene no normalizar el dolor ni atribuirlo solo a la edad.
Señales de alarma: cuándo es urgente
El paso de la claudicación a las fases graves (grados III y IV) se conoce como isquemia crítica de los miembros. En esa situación la pierna está en riesgo y la valoración no debe demorarse. Vigila estas señales:
- Dolor en reposo, sobre todo en el pie y por la noche, que mejora al colgar la pierna fuera de la cama.
- Heridas o úlceras en los dedos o el pie que no cicatrizan.
- Pie frío, pálido o azulado, o zonas de piel oscurecida.
- Pérdida brusca de fuerza, frialdad y palidez de aparición súbita: en ese caso, acude a urgencias, porque puede ser una obstrucción aguda.
Cómo se diagnostica
El diagnóstico empieza por la historia clínica y la exploración de los pulsos de la pierna. La prueba inicial más sencilla es el índice tobillo-brazo, que compara la presión arterial del tobillo con la del brazo y orienta sobre el grado de obstrucción. Es indolora y no invasiva.
Para localizar con precisión dónde y cuánto está estrechada la arteria se usan el eco-Doppler y, si hace falta planificar un tratamiento, pruebas de imagen como el angio-TAC. Con esa información se decide el enfoque adecuado.
En ocasiones es necesario hacer un diagnóstico diferencial con otras patologías que cursan con una clínica parecida, como la claudicación neurógena, que también afecta a los miembros inferiores y puede ser invalidante.
Qué tratamiento tiene
El primer tratamiento no es el quirófano: es cambiar lo que daña las arterias. Dejar de fumar es la medida más eficaz. A ello se suma un programa de ejercicio (caminar hasta que aparece el dolor, descansar y repetir), el control de la diabetes, la tensión y el colesterol, y la medicación que paute el especialista.
Cuando la claudicación limita mucho la vida diaria o se llega a la isquemia crítica, se valora restablecer el flujo de la arteria. Existen técnicas endovasculares mínimamente invasivas (por ejemplo, angioplastia o stent, mediante un cateterismo) y, en casos seleccionados, cirugía mediante bypass u otras técnicas. Puedes ver el detalle en la página de tratamiento de la enfermedad arterial periférica.
En resumen
Un dolor de piernas que aparece al caminar y se va al parar no es algo «normal de la edad»: es un aviso de que tus arterias pueden estar enfermas. Cuanto antes se valore, más opciones hay de frenar la enfermedad sin llegar a las fases graves. Si te reconoces en este patrón, pide una valoración vascular y revisa con el especialista tu riesgo cardiovascular completo.